| Educación para la ciudadanía |
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| Juan Antonio Martínez Muñoz |
| viernes, 30 de enero de 2009 |
El tribunal supremo ha rechazado la posibilidad de objeción de conciencia a la asignatura socialista educación para la ciudadanía. La noticia parece nefasta para la libertad y la cultura humanista porque se deja las mentes de niños y jóvenes en manos del minoritario grupo beneficiario del lucrativo negocio educativo público.
Pese a ello creo que se puede aprender una lección. La cultura tradicional no puede plantear la defensa de sus intereses, de su libertad y de sus derechos con la terminología política ni con la versión del derecho de la ideología socialista; no tiene mucho sentido apelar a la conciencia con una izquierda que, frente a la conciencia personal, apela a la conciencia de clase o de género para concebir al hombre y moldearlo. Jugar en ese terreno, aunque sea el único medio que el relativismo permite, supone luchar en desventaja; el poder siempre encontrará jueces que se amolden a su criterio. Los paga, promociona y protege, no es difícil que justifiquen lo que le interesa, aunque sea en detrimento de la confianza de las personas honradas.
La defensa de la libertad, educativa en este caso, con argumentos frente al despotismo de lo público dominado por grupos parasitarios no tiene futuro. Carece de sentido negociar con los enemigos de la libertad y de la conciencia personal como tampoco lo tiene enfrentarse a terroristas con razones. Si algo podemos aprender es que las buenas intenciones no valen con gobiernos manipuladores, que la legitimidad de las pretensiones es incomprensible para quienes viven del beneficio de la extorsión.
Deberíamos reflexionar sobre la posibilidad de salir del sistema público monopolizado por el relativismo y sus oscuros intereses, dejárselo a sus detentadores y promover un sistema educativo propio, diferenciado, evitando, eso sí, que se siga sufragando con los impuestos compulsivos sobre las personas a las que, a la par, se niega la libertad de pensar y elegir la educación de sus hijos. Puede parecer arriesgado, pero se ahorraría dinero y se mantendría la dignidad personal del ser humano que es lo suficientemente valiosa como para apostar por ella.
* Juan Antonio Martínez Muñoz es profesor titular de Filosofía del Derecho de la Universidad Complutense de Madrid.
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